Eran las vísperas del 10 de Mayo, como de costumbre, las serenatas comenzaban a hacerse presentes por las calles de la colonia, nosotros habíamos terminado de arreglarlo todo, maleta, pañalera, documentos… seguía con la garganta hecha nudo y el corazón latiendo cada vez con más fuerza y como no, si apenas 4 horas atrás el médico me había inducido el parto, Mabel ya no estaba ganando peso y dejarla en mi panza ya no estaba siendo tan buena idea y aunque había tenido 40 semanas de un embarazo sin complicaciones, ahora sabía que no terminaría en el parto espontáneo que siempre imaginé, pero confiaba en Dios y en el médico que había puesto en nuestro camino casi a las 34 semanas, cuando decidimos cambiarnos de médico y buscar uno que apoyara nuestras ideas y nuestros deseos, pues después de haber escuchado un testimonio en una de las clases del curso prenatal, la chispa de un parto natural se hizo más presente que nunca.

Pasaba la medianoche y las contracciones llegaron, el médico nos dijo que esperaba que los dolores llegaran en la madrugada o al amanecer, así que en teoría estábamos listos, le hablamos a nuestra doula, le dije como empezaba a sentir el dolor en la cadera y ella me dijo que el dolor se iría intensificando y recorriendo también a la panza, que estuviéramos al pendiente de los tiempos entre una y otra, pero que a medida de lo posible, tratáramos de descansar, nada fácil para unos padres primerizos y llenos de sentimientos encontrados. En esos momentos, las contracciones no estaban siendo tan constantes y cuando llegaban aún las podía pasar acostada, me confundía el no saber cuáles serían los verdaderos dolores y cuanto faltaba para irnos al hospital que estaba en otra ciudad, casi a una hora de distancia. Las contracciones poco a poco fueron aumentando el ritmo y casi a las 4:00 de la mañana, el dolor se intensifico, entonces las posiciones comenzaron a cambiar, a veces acostada en la pelota, otras con el rebozo apretando la cadera, unas más en cuclillas, en fin, pusimos en práctica lo que aprendimos en el curso para sobrellevar el dolor, así pasamos la madrugada, que para ser honesta, me pareció que avanzo muy rápido, cuando el reloj marco las 7:00 de la mañana los dolores habían tomado su ritmo, aunque mi dolor seguía solo en la cadera, ya no era tan sencillo buscar una posición, entonces mi esposo me ayudo a entrar en la regadera, el agua caliente fue mi gran aliada, pues estuve casi una hora sintiendo como aliviaba el dolor (lo sé, nunca había gastado tanta agua en mi vida, pero valió la pena) a las 7:50 tuve un leve sangrado que daría paso a mis ganas de pujar, así que mi esposo le hablo al médico, le dijo lo que estábamos viviendo y nos pidió irnos al hospital de inmediato. Salí de la regadera, me puse la bata que había dejado lista la noche anterior, prendí mi cirio, me subí en los asientos traseros de la camioneta abrazando mi pelotay nos fuimos, no sabía cuánto, pero sí que el momento estaba más cerca, solo pedía a Dios que todo saliera bien. La carretera se llenó de contracciones, aunque eran dolorosas, las ganas de pujar eran prioridad, recuerdo que en los momentos que no había contracción platicaba con Mabel, siempre le dije que cuando llegará el día de su nacimiento todos seríamos un equipo y ahora el equipo estaba entrando en acción. Después de mil semáforos en rojo y tránsito por toda la ciudad, llegamos al hospital a las 9:00 de la mañana, mi esposo haciendo los trámites de ingreso y yo caminando por el lobby, en ese momento, el Director del hospital se me acercó y me pregunto ¿Usted trae contracciones verdad? Le dije que sí y tuve que agarrarme del cancel de la puerta de ingreso mientras pasaba la contracción, me dijo que él era ginecólogo y después me hizo un par de preguntas, yo le resumí lo que había estado viviendo desde la noche anterior, me pidió que lo acompañara a la sala de expulsivo mientras mi esposo terminaba los trámites así que me fui con él, subimos el elevador y a la mitad del pasillo, una contracción más, esta vez grite y creo que muy fuerte porque horas después mi esposo me dijo que se había escuchado en todo el hospital, entonces le pidió a la enfermera que le preparara medicamento, sin embargo le dije que no quería que me pusieran nada. Llegamos a la habitación que estaba junto a la sala de expulsivo, me dijo que necesitabaquitarme la bata que traía y me pusiera la del hospital y salió cerrando la puerta, segundos después una contracción más, un grito más que le hizo regresar a decirme que necesitaba revisarme, lo hizo y me dijo: “Usted ya está completa ¿Dónde está su médico?” Le dije que estaba por llegar, las enfermeras me ayudaron a ponerme la bata del hospital, camine 5 pasos y me detuve al entrar a la sala de expulsivo, entonces vi llegar a mi médico terminándose de cambiar, llego poniéndome el monitor para revisar los signos vitales de Mabel, sin embargo, el tiempo se estaba viniendo encima, me pregunto a qué hora se me había roto la fuente y a pesar de lo pendiente que había estado de todo, no me di cuenta del momento exacto, pero seguramente había sido minutos antes, cuando en la habitación de al lado, comencé a ver agua con un poco de sangre cayendo al piso, segundos después llegaba mi doulay era cierto, la tranquilidad que con su sola presencia me pudo transmitir fue increíble porque llego la última contracción, yo seguía de pie, las almohadas y sabanas debajo de mí estaban listas para recibir a Mabel, entonces puje, pero esta vez el grito se prolongó unos segundo más, el reloj marcaba las 9:16 de la mañana y fue en ese momento que MABEL NACIA, mi médico la cachaba (literal), respire, baje la mirada y la vi, el momento había llegado. Minutos después me ayudaron a acostar en la cama, pero ahora con Mabel en mi pecho, sintiendo su pequeñito cuerpo y su agitada respiración, el contacto piel con piel fue mi momento perfecto.

Mi doula a mi derecha, mi médico frente a mí, mi esposo del otro lado, Mabel y yo acostadas, ahora esperábamos la salida de la placenta para cerrar el ciclo de un parto exitoso, ellos seguían respetando mi tiempo, mi espacio, mi ritmo, yo estaba tranquila, relajada y feliz, la noche anterior había quedado en el olvido y ahora miraba a las personas que tenía a mi alrededor y me di cuenta que hicimos un gran trabajo. Sé que el haber tenido a las personas correctas a mi lado me llevo a tener un parto respetado y humanizado y eso es algo que agradezco infinitamente, primeramente a Dios por haber puesto a Danatal en nuestro camino, pues sin duda el aprendizaje que nos transmitieron fue un parteaguas en nuestras vidas y fue ese aprendizaje lo que nos permitió empoderarnos aun en los momentos que no esperamos.

Y no quisiera terminar esta historia sin agradecerle a mi cuerpo por la gran labor que hizo y que sigue haciendo, ahora 2 meses después me siento maravillada al contemplar cada acción que pude vivir, ahora me ha tocado cuidarlo y apapacharlo en un purperio que tampoco fue fácil, pero esa ya es otra historia no?

Sin duda, me quedo con lo que en una de las clases dijo Fabiola, “El parto también se vive entre las dos orejas” y sé que eso, es totalmente cierto.